TAXUS.

  

En una tierra como esta, es difícil encontrar un pedazo de suelo por el que no se haya librado una batalla encarnizada. Han sido tantos los siglos de luchas, y tan heroicos los combates que muchas veces hemos deseado haber estado allí.
Haber observado a los ejércitos cristianos expulsando al invasor musulmán durante siglos. Ver las revueltas populares de la Guerra de la Independencia. Presenciar cómo la identidad de nuestro pueblo se forjaba combate tras combate. Cómo luchaban por su libertad. Cómo construían un imperio. Cómo transcurría la vida hace siglos.


La devoción hacia nuestros antepasados también nos lleva a venerar los pocos testigos vivos que quedan de aquellos siglos. Testigos centenarios que han convivido con nuestros antepasados entrelazando sus raíces con Nuestra Historia.
El tejo ha vigilado el devenir de la historia desde su sombrío emplazamiento.


Cuentan que el tejo es el árbol de la muerte. Por que ofrecía su letal veneno para que nuestros antepasados íberos entregaran su vida, antes que su libertad, frente al disciplinado ejército romano. El mismo veneno que, al verse ancianos y enfermos, consumían para descansar en paz.
Plauto escribió que el camino al averno estaba flanqueado por tejos y, tal vez fuera por esa creencia, por lo que el día de difuntos se llevaba una ramita de tejo a la tumba de nuestros seres queridos, para protegerles en su paso a la eternidad, ya que popularmente se cree que el tejo es capaz de ahuyentar al mismísimo diablo.


El árbol de la muerte que aún custodia en los cementerios a nuestros difuntos, siendo su legendaria longevidad y sus hojas perennes, símbolo de inmortalidad, de vida eterna. Un guardián que, según cuenta la leyenda, acerca sus raíces hasta cada difunto uniendo así la muerte con la vida.
Por eso el tejo es también el árbol de la vida. Y porque lo plantaban nuestros ancestros cada vez que tenían un hijo.
Es el árbol de la vida por que los jóvenes prendían sus ramas en las ventanas de su enamorada la noche de San Juan, la noche del fuego, del renacer, de la vida; y ellas lanzaban sus frutos a los muchachos, en caso de corresponderles, haciendo popular el dicho: “tirar los tejos”.
Es el árbol de la vida por que los chamanes íberos recogían sus frutos para preparar sus medicinas mágicas y primitivas. Siglos más tarde, el culto a Santa María de la Cabeza, promovió la posesión de una ramita de tejo como talismán contra las migrañas. Y a día de hoy, el taxol del tejo acaba de mostrarse como remedio eficaz contra el cáncer.


En torno al árbol de la vida se convocaba el concejo del pueblo. Bajo su sombra se tomaban las decisiones que regirían el futuro de los vecinos.
De éste árbol de la vida y de la muerte se extraía la más preciada madera a la hora de construir arcos. Una madera que por su tono rojizo, casi sangrante cuando era recién cortada, hizo aumentar el carácter místico del tejo.
De su nombre nacieron los de numerosos pueblos y aldeas de Nuestra Tierra. Incluso hay estudios que aseguran que el nombre del río Tajo, también símbolo de vida, proviene del nombre de éste árbol, compañero de nuestros antepasados. El árbol solitario y misterioso. El árbol que crece despacio pero que sobrevive a los siglos. El testigo que seguirá vigilando en silencio Nuestra Tierra cuando nosotros no estemos.